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Por Miguel Angel Ramos Padilla

Una buena parte de los integrantes de diversas generaciones en América Latina creció con una imagen de padre ausente y distante aunque estuviera físicamente presente y cercano. Un padre que evitaba ser expresivo en sus afectos con relación a sus hijos, hijas y pareja, pensando que de esta manera transmitía la seguridad y autoridad que su familia necesitaba.

Cuando niños, el ser varones nos daba, en algunas ocasiones, el privilegio de su permisiva compañía en actividades lúdicas consideradas netamente masculinas -como es el caso de ir al estadio, jugar a la pelota, o emprender un paseo de aventuras- y de esa manera intuimos los códigos del afecto de nuestro padre, a la vez que aprendimos que la expresión de los afectos mediante la ternura y las caricias era netamente femenina. Esto mismo, con seguridad, no funcionaba cuando se trataba de nuestras hermanas, quienes educadas para las expresiones afectuosas, sintieron, junto a nuestras madres, un doloroso vacío.

Frente a las diversas maneras del control masculino sobre las decisiones femeninas, a la dependencia económica, y en muchos casos ante la agresión física, emocional y psicológica del varón, el refugio y la cierta compensación que hallaba la mujer estaba en el estrechamiento de los lazos afectivos con los hijos e hijas. Sus permanentes muestras de afecto y ternura para con ellos y ellas, a través de los diversos aspectos de la crianza, rol que socialmente le fue asignado, le fue ganando una relación más íntima y una atmósfera de confianza, dentro de la cual éstos y éstas consideraron a la madre como a la persona a quien, preferentemente, se podía acudir y esperar siempre un apoyo incondicional, en comparación al padre que, generalmente, era afectivamente frío, lejano y severo. El poder de los afectos habría sido de la madre, usada muchas veces como arma de resistencia y negociación, campo en el cual el varón poco incursionó.

El género y las relaciones de poder y resistencia
El control que ejercen las mujeres en la organización de la vida doméstica y el hecho que la reproducción se desarrolla en el cuerpo de las mujeres, pueden constituir espacios de poder y de resistencia, que hacen que el sistema de poder ejercido por los varones se base en relaciones inestables e inseguras. La célebre frase de Foucault "el poder se ejerce, no se posee" sintetiza muy bien las relaciones de género como espacios contradictorios, inseguros, siempre en tensión.

Según Teresita De Barbieri, esta inestabilidad ha llevado a resolver el conflicto mediante una estructuración del sistema extremadamente poderoso en el que se ponen en juego el relacionamiento afectivo, y prácticas sociales en las que se juegan cuestiones tan fundamentales como la trascendencia de la muerte. Esto significa que la superación del conflicto no pasa por la eliminación del otro, sino por la negociación permanente (y siempre inestable) que asegure la paz (De Barbieri. 1992).

Rara vez las mujeres se alejan del amor y de los afectos, logrando transformar los espacios que les habían dejado los hombres en pequeños campos de grandes poderes donde se volvían dueñas absolutas y sabias manipuladoras y así defenderse del poder hegemónico masculino en la esfera de lo privado. Se convirtió en "reina del hogar" para no morir, pero los hombres sabían que este reinado no ponía en peligro el suyo. Matriarcado de la crianza y de los afectos del adentro, que es el más ambiguo y peligroso asignado y asumido por las mujeres (Florence Thomas, 1997).

La masculinidad y el mundo de los afectos
La represión de las emociones, característica importante en la construcción social de la masculinidad, atraviesa todas las etapas de la vida de los varones. Cuando niños aprendemos a soportar el dolor bajo el lema permanentemente repetido por los adultos "los hombres no lloran" y tratamos de aprender a reprimir nuestros afectos para diferenciarnos de las niñas; pasando por la adolescencia y juventud cuando, a diferencia de las mujeres, evitamos amistades de mayor intimidad con otros muchachos y preferimos los grupos. Mientras ellas se pueden expresar afecto, nosotros difícilmente le decimos a un amigo que lo queremos. La única forma autorizada de tocar el cuerpo de otro hombre es a través de golpes y violencia. Por esto los adolescentes, en su necesidad de contacto con sus pares, juegan a "luchitas" interminables y a golpear a sus amigos, cuando en el fondo les gustaría abrazarlos. O necesitamos estar bajo los efectos del alcohol para decir más abiertamente el clásico "yo te estimo".

Llegamos a ser padres, en nuestra etapa adulta, y tratando de mantener el autocontrol ante los diversos problemas de la vida cotidiana y la autoridad, nos es difícil expresar nuestro cariño y ternura a nuestros hijos y esposa, empobreciendo nuestras relaciones con los seres que más queremos y con nosotros mismos.

La gama de emociones no desaparece, simplemente se frenan o no se les permite desempeñar papel importante en nuestras vidas. Eliminamos estas emociones porque podrían restringir nuestra capacidad y deseo de autocontrol o de dominio sobre los seres que nos rodean, para lo cual debemos mantener una dura coraza. Según Michael Kaufman, el intento por suprimir las emociones es lo que nos conduce a una mayor dependencia pues, al perder el hilo de una amplia gama de necesidades y capacidades humanas, al reprimir nuestra necesidad de cuidar y nutrir, los hombres perdemos el sentido común emotivo y la capacidad de cuidarnos (Kaufman, 1997). La falta de vías seguras de expresión y descarga emocional se transforma en ira y hostilidad. Parte de esta ira se dirige contra uno mismo en forma de sentimiento de culpabilidad, odio a sí mismo y diversos síntomas fisiológicos y psicológicos; parte se dirige a otros hombres y parte hacia las mujeres (M. Kaufman, 1989. También ver M. Dohmen, 1995).

La paternidad y el desarrollo de los afectos

Por mucho tiempo se justificó (y aún se sigue haciendo) los mayores vínculos emocionales de la madre con los hijos, echando mano de representaciones biologicistas de la maternidad. Se aducía que el embarazo y la lactancia eran etapas en las que lo biológico imponía una distancia clara en la relación padre-hijo, y esto incidiría en que la relación con la madre fuera más intensa. Pero, hay muchos estudios, basados en el enfoque constructivista, que demuestran que los hechos de la maternidad y de la paternidad no están dados.

Según Thomas Laqueur, las leyes, costumbres y preceptos, los sentimientos, la emoción y el poder de la imaginación hacen que los hechos biológicos asuman significación cultural (Laqueur, 1992). La manera de ser padre -y de ser madre- es un hecho histórico construido por las culturas, lo mismo que la función de padre. Así, lo que se denomina instinto materno, son prácticas amorosas construidas históricamente e ideológicamente, de las cuales nos hemos excluido los varones (F. Thomas, Op.cit).

Estas prácticas amorosas y afectivas desarrolladas por la maternidad y reclamadas para la paternidad conllevan como elemento central a la ternura. A ésta podríamos entenderla como un conjunto de expresiones cálidas y acariciadoras que producen simultáneamente goce al objeto amado y a nosotros mismos, porque la ternura es ante todo una caricia que nosotros mismos nos proporcionamos, y sólo podemos ser tiernos cuando lo somos con nosotros mismos.

Los hombres poco hemos respetado nuestro propio cuerpo y poco hemos desarrollado nuestra sensibilidad para captar nuestras emociones, lo cual nos impide, con mayor razón, respetar y menos captar las emociones de los que nos rodean. Se es tierno o tierna cuando se evalúa los gestos tiernos de quien amamos, captando el gozo o el dolor del otro. La ternura es sobre todo una experiencia táctil, es una caricia. La caricia, como dice Luis Carlos Restrepo, "es una mano revestida de paciencia que toca sin herir y suelta para permitir la movilidad del ser con quien entramos en contacto....

Lo apuesto a agarre es la caricia, pues es imposible acariciar por la fuerza, ya que la experiencia se convertiría al momento en un maltrato. Para acariciar debemos contar con el otro, con la disposición de su cuerpo, con sus reacciones y deseos". Ser tiernos..."implica invertir la manualidad, desistir del agarre ejercitando el juego de coger y soltar sin apoderarnos del otro" (Restrepo, 1997). Ejercicio difícil para los hombres culturalmente preparados para ejercer el respeto autoritario, quebrar voluntades hacia nuestros designios y no educar para la libertad basándose en una apertura emocional, porque pensamos que perdemos el respeto que nos deben quienes están bajo nuestro mando. La mayor parte de las relaciones paternas filiales se dan en una lógica de que el padre es la autoridad y de que el hijo tiene que obedecer pensando que de esta manera educamos, cuando la educación es un proceso interactivo en el cual todos aprendemos.

Algunos indicios en los cambios experimentados en la paternidad
Muchas ideas están cambiando en el mundo y cada vez más hombres aceptan la idea de una mayor relación tierna y emocional con los hijos e hijas pero ¿Cuánto hemos podido avanzar los varones respecto a la expresión y desarrollo del mundo de nuestros afectos y en especial el de la ternura, manifestación que hasta hace poco era considerada como femenina? ¿Qué ha ocurrido en nuestras sociedades latinoamericanas, en un aspecto tan crucial de la construcción del género masculino y cuáles serían sus probables repercusiones en la equidad de géneros? ¿Qué factores están influyendo para el cambio de actitud de los varones? ¿Qué cambios se han dado entre las diversas generaciones en este aspecto?.

Norma Fuller escribe sobre el mundo de los afectos de los varones de la clase media en la Lima de hoy, en su libro "Identidades Masculinas" (Fuller, 1997), en el cual los motivos de la paternidad aparecen como muy racionales -la perpetuación a través de la descendencia, su plena realización como varón en el sentido de la virilidad comprobada y la responsabilidad, el orgullo de tener una prole, la importancia de transmitir a los hijos e hijas su sabiduría y formar sus personalidades, etc. A pesar que concluye que la paternidad es definida por el amor y está asociada con los sentimientos más profundos del ser humano, no le es permitido incursionar realmente en ese mundo de los afectos, como reafirmando la dificultad de los varones en expresarlos y el reto muy grande para un investigador incursionar en ese nivel de la subjetividad (Ver también Arias y Rodríguez, 1995 y R.L. Ramírez, 1997).

Hoy día es más común las imágenes de padres mostrando actitudes tiernas hacia sus hijos e hijas, en afiches, en las imágenes de los diversos medios de comunicación y en las calles. Si empezamos por los manuales de crianza de niños, existe notables cambios, desde los publicados a comienzos de este siglo que aconsejaban a los padres no mostrarse muy amigables con los hijos o hijas, ya que su autoridad quedaría debilitada (A.Giddens, 1995), hasta los actuales que refuerzan la idea de que los padres debían fomentar lazos emocionales con sus hijos e hijas, reconociendo claramente la autonomía de los mismos.
Haciendo una revisión de las representaciones simbólicas de la masculinidad y la feminidad a través de los medios de comunicación, se pueden constatar algunos cambios y muchas permanencias. En un estudio de Wernick, comentado por Juan Carlos Callirgos, sobre las representaciones masculinas en la publicidad norteamericana durante la década de los ochenta, concluye que en los últimos años han ido apareciendo nuevas representaciones masculinas.

Así, por ejemplo, la versión masculina asociada al poder ante la familia y a la agresividad, ahora coexiste con otras versiones: hombres dulces, tiernos, preocupados por labores domésticas o por sus relaciones interpersonales, u hombres que aparecen como objeto de contemplación. Wernick señala que las imágenes masculinas ahora son menos uniformes y se empieza a (re) presentar a hombres y mujeres comportándose de manera similar....¿cuánto de esto significa un cambio real? (se pregunta el autor) ¿Cuánto refleja un cuestionamiento de las desigualdades de género? ¿Es un nuevo disfraz para el mismo lobo?. En otro trabajo, también citado por Callirgos, Hawke se pregunta si las expresiones simbólicas del nuevo "ethos" de la paternidad, por ejemplo, son un logro de las feministas que demandaban cambios en la organización social de la paternidad, o más bien un intento de los hombres de reasegurar la autoridad patriarcal sobre las mujeres y los hijos (as) (J.C.Callirgos, 1996).

En la investigación sobre varones de la clase media en el Perú N. Fuller concluye que éstos han asumido como propio el discurso sobre la paternidad que supone una participación activa en la crianza de los hijos (as), pero por otro lado la cultura masculina tradicional prohíbe al varón inmiscuirse en las tareas domésticas. Existiría una falta de correspondencia entre el ideal de padre cercano y la división sexual del trabajo dentro de la familia que aleja al varón del hogar (N.Fuller, Op.cit.).

En otra investigación realizada en México con hombres de clase media, visiblemente progresistas, todos ellos reconocen que están poco tiempo con los hijos (as) y que el contacto de la madre con los niños es más frecuente e intenso. Según la autora, la paradoja radica en el hecho de que es la responsabilidad paterna percibida como más relevante, es decir la obligación de proveer, la que más los aleja de ese deseo de involucrarse de manera más directa con los hijos (as). Y, en la competencia entre la necesidad de proveer económicamente y la necesidad de atender físicamente a los hijos (as) -sobra decirlo- ni siquiera se cuestiona la preeminencia de la primera, que representa (todavía) uno de los principales anclajes de lo que significa ser hombre (M.W.Vivas, 1993).

En el contexto actual de crisis económica y en donde ser proveedor es más complicado y aún más si intentáramos ser los únicos proveedores; unido al hecho que experimentamos un contexto de transición demográfica en donde la fecundidad ha bajado considerablemente, por lo cual niños y niñas crecen con menos hermanos y demandan más atención de los padres, pero que a la vez, por esa misma crisis económica, se está ausente más tiempo que antes, se hace más complicada la paternidad.

Benno De Keijzer, en un trabajo sobre la paternidad y la crianza de los hijos (as), plantea que cada vez hay más hombres que se ven enfrentados con la necesidad de negociar o de perder a la pareja, puesto que ella ya trabaja y participa socialmente. Son los padres neomachistas que ya no pueden ejercer el patriarcado como lo hicieron sus padres y abuelos, pero que aún mantienen un marco de referencia con un encuadre machista.

Mas, también van creciendo en número los hombres involucrados en la crianza de sus hijos (as) los cuales se encuentran abriendo nuevos caminos, puesto que es probable que hayan visto algo distinto en su propia crianza desde niños. Esto llevaría a una participación llena de contradicciones y ambivalencias que incluyen la competencia con su trabajo e imagen pública, el deseo de una mayor cercanía con sus hijos (as), la sensación de perder el tiempo y el reto de aprender múltiples aspectos de la crianza. Esto sin hablar de lo que este proceso podría significar a nivel del reacomodo de las relaciones de poder en la pareja ¿Hasta qué punto, se pregunta, la crianza de los hijos (as) puede convertirse a su vez en un espacio de competencia y de lucha? (De Keijzer s/f).

Muchos varones se han visto inmersos en rápidos procesos de cambio de los roles por género que no entienden, y se sienten presionados por las exigencias de sus parejas y por el discurso cada vez más presente que lo insta a compartir "la carga" de la crianza y de las labores domésticas.

Pocos esfuerzos aún se han hecho para evidenciar, en la educación de los varones, que el poder que ostentamos está viciado y que muchos de nuestros privilegios suponen aislamiento, alienación y que no sólo causa dolor a los personas que nos rodean, sino también angustia, soledad y dolor a nosotros mismos (Ver al respecto Figueroa., 1997). Es fundamental que sintamos que la sociedad nos ha mutilado de una fuente de goce, de disfrute y de inmensas riquezas tanto relacionales como sensoriales. Si se presentara la crianza de los hijos (as) no como una carga, sino como la posibilidad de gozar y recrearse con su compañía, sentiríamos las inmensas oportunidades de desarrollo humano que dejamos pasar. Los hombres tenemos derecho a expresar ternura a quienes nos rodean en el ámbito público y privado, sin tener que dar explicaciones a nadie. Tendremos que ir aprendiendo a recuperar nuestra capacidad sensitiva y de expresión amorosa que la sociedad se empeñó en atrofiar. Finalmente, necesitamos un nuevo modelo de hombre compartiendo una vida rica en afectos con las mujeres y no compitiendo por el mundo de los afectos, lo cual no sólo favorecerá el bienestar de las mujeres y de nuestros hijos (as), sino el de los mismos hombres.

Artículo obtenido en www.sexualidadonline.com

   
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Redacción Salud en Forma

Con tantos estereotipos y mitos tejiéndose todavía alrededor de la sexualidad, es normal escuchar todavía hoy a mujeres, más que hombres, decir: a mi edad ya uno no hace “esas” cosas (refiriéndose a las relaciones sexuales con su esposo) o justificando infidelidades de estos y conformándose con una vida de pareja sin intimidad y en consecuencia muy infeliz.

Pero según nos escribe  Juan Luis Álvarez-Gayou Jurgenson / sexo terapeuta, uno de los mitos más diseminados respecto a la sexualidad, y que por cierto puede hacer infelices a muchas mujeres y hombres, es el de que venimos al mundo con una "dosis" determinada de capacidad sexual. Ello hace pensar a muchas y muchos que es necesario administrar, es decir "no abusar", de las relaciones sexuales con el objeto de que no se agote.

Nada más falso que esta concepción. Con la capacidad de funcionamiento sexual sucede algo similar que con la condición física: la constancia y la frecuencia de actividad mantienen al individuo en mejor forma. Es decir, en materia de sexualidad, las investigaciones serias han demostrado que mientras más temprano se inicia la actividad, dentro de un ambiente de estabilidad y amor conyugal y ésta se realiza con mayor frecuencia, esta se mantendrá por más tiempo y en mejores condiciones, tanto en mujeres como en hombres.

Por otro lado, tenemos la muy generalizada creencia de que la mujer al presentar la menopausia, pierde interés, deseo o capacidad sexual. La menopausia es un fenómeno que aparece naturalmente en la mujer, por lo general dentro de la década de los cuarenta y consiste en que sus periodos menstruales o "reglas" dejan de presentarse, pues sus ovarios dejan de producir óvulos y por ende ya no es reproductiva. Pero recordemos que la sexualidad es mucho más que la simple reproducción; el deseo sexual y la capacidad de funcionar y disfrutar las relaciones sexuales permanece. El único problema que puede presentarse es que la disminución de las hormonas, conocidas como estrógenos que igualmente se producen en esta menopausia, puede inducir cambios en la mucosa vaginal, lo que la hacen rígida y puede disminuir la lubricación durante la excitación. Sin embargo, cualquier mujer en esta edad puede ser atendida preventivamente por su médico, de tal modo que, estos cambios no se produzcan y mantenga una vida sexual plena y satisfactoria sin importar su edad.

Sin embargo, como todo fenómeno biológico, la menopausia puede presentar variaciones muy interesantes. Se conocen casos de mujeres que la han presentado antes de los 20 años. Raras veces se presenta después de los 55 años pero se ha reportado el caso de una mujer que a los 104 años seguía presentando menstruaciones regulares.

Otro mito muy difundido, en este caso respecto al hombre, es el de la existencia de una especie de "menopausia masculina" a la que incluso se le ha llamado "andropausia" o "climaterio masculino". Es cierto que en el hombre, la edad produce cambios en su funcionamiento sexual, pero a diferencia de la mujer no suele perder su capacidad reproductiva y ésta se conserva hasta edades muy avanzadas. De lo que se deduce lo absurdo de las burlonas e incrédulas sonrisas cuando un hombre mayor o anciano se convierte en padre. En el fundamental estudio de A. Kinsey, éste encontró el caso de un hombre de raza negra de 88 años que sostenía relaciones sexuales regularmente con su esposa de 90 años.

Otros cambios reales en el hombre son que las erecciones pueden ser menos firmes, generalmente por no tener una disciplina de ejercicios físicos que mantengan su sistema circulatorio en óptimas condiciones; que la cantidad de semen que se eyacula es menor y que hay mayor tardanza en responder a un nuevo estímulo. Sin embargo, ninguno de estos factores es igual a la creencia popular de una "pérdida" de capacidad y tampoco hacen pensar que el disfrute sea menor en el hombre mayor. Incluso la edad en que aparecen estos cambios puede variar enormemente y no se puede establecer.

Además existen ventajas, puesto que se sabe que diminuye la "urgencia orgásmica" en el hombre mayor y ello, muchas veces, los convierte en menos acelerados, más dedicados a las caricias y a la ternura lo cual suele ser más satisfactoria para un número importante de mujeres, quienes consideran a los hombres mayores, como mejores amantes.

En cuanto a parejas de ancianos, Kinsey encontró hombres que practicaban relaciones sexuales una vez por semana a los 65 años, un grupo en el que individuos de 75 años tenían relaciones una vez por mes y otro que a los 80 años de edad las practicaban cada nueve o diez semanas. Sin duda el "campeón" en ésta investigación fue el caso de un hombre que a los 70 años de edad presentaba ¡más de siete eyaculaciones por semana! Ante todo esto ¿por qué seguimos pensando que las mujeres y los hombres de mayor edad ya no pueden tener actividad sexual? En la época actual, un estudio similar al de Kinsey, con los cambios en el cuidado a la salud en general que se está dando, estamos seguros cambiaría mas positivamente estas frecuencias.

La respuesta se encuentra, en primer lugar, en una ideología judeo-cristiana, ya superada después de Vaticano II, que nos enseñaba, y por tanto obligaba a vincular la sexualidad con la reproducción y nos impedía reconocer la posibilidad de una sexualidad placentera y creativa en las parejas y más aún en los de la tercera edad. Sin embargo una gran mayoría se mantienen en costumbres antiguas y pierden esta importante expresión afectiva. Ello provoca, en segundo término, que la sociedad en general niegue e incluso condene cualquier intento de actividad sexual en cualquier hombre o mujer viejos, los ridiculice e incluso los limite tal y como sucede en muchos asilos para ancianos o cuando los hijos condenan a la madre o padre viudos que desean establecer una nueva pareja.

La mujer y el hombre añosos tienen y mantienen una sexualidad, deseos y capacidad para ejercerla, además en ellos (y conste que todos tenemos altas probabilidades de formar parte de este grupo) la sexualidad puede significar una excelsa forma para revalorizarse, sentir optimismo y ejercer intensos sentimientos como la ternura, el entusiasmo y el amor. Todo ello los hará dejar de sentirse como inútiles que sólo esperan la muerte y recuperar algo que con frecuencia han perdido: ¡el entusiasmo por la vida!

Artículo obtenido en www.sexualidadenlinea.com

 

   
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Marilú de Argote
Psicóloga, Psicoterapeuta Niños, Adolescentes y Adultos.


Para desarrollar este tema, de pronto deberíamos contextualizar lo que sucede en la actualidad: los conflictos que surgen de la intolerancia a las diferencias, el materialismo y la individualidad son temas que han alcanzado un auge impresionante sin dejar de lado el problema de la capa de ozono que no es más que el reflejo de la incapacidad de los seres humanos en considerar que todos estamos unidos y que cada cosa que ejecutamos tiene su resonancia y repercusión.

Esta incapacidad para ver las cosas con respeto y considerar la valía de cada ser humano, especie y  situación esta causando un sentimiento de vacío e inconformidad, la gente se preocupa por alcanzar una apariencia y si no la obtiene las dificultades que se le presentan las sienten inmensas y potencialmente aterradoras.

Es aquí donde entra el tema del Amor (pensándolo desde lo individual y desde lo colectivo) es el remedio para enfrentarnos a los obstáculos o las demandas que nos impone la vida diaria. Las cosas hechas con amor son sentidas de una manera diferente, nada se ve como una imposición, el sentimiento del amor nos lleva a abrirnos de corazón y asumimos la realidad tal y como se presenta, sin caer en caos frente a las diferencias, asumimos las diferencias y crecemos junto a ellas, el amor lo puede todo.

Cuando una pareja se une, ha encontrado en el otro a la persona que le acompañará en este viaje de la vida y la mayor manifestación de su amor se ve en sus hijos, ahora alcanzan  amplitud y compromiso, ¿no es maravilloso este acontecimiento, que dos seres que se aman independientemente de las situaciones que viven o enfrentan o la forma en que tratan de resolverla, generen vida, siendo ésta última reflejo del amor?. Son los hijos la manifestación de lo más grande, estar en este mundo es un privilegio que se nos ha concedido, vivir significa entrar en conflicto, ¿no es el mismo parto un conflicto?, por eso no hay que perderse en las dificultades, ni en los problemas, ellos son parte de la vida pero no son la vida misma.

Atendiendo entonces, el tema del amor como motivador del crecimiento sano, hablemos de la relación entre padres e hijos, de esta conexión profunda que se da y una vez que existe es indestructible. Los padres están encargados de guiar en el crecimiento, educar y promover valores que permitan que los hijos sean seres integrales capaces de ser independientes y a la vez que desarrollen la capacidad de respeto y amor por sí mismos y los otros. Todo esto es posible si la crianza se vive como un regalo, como una posibilidad de estar frente a los hijos y comprender que son nuestros pero no nos pertenecen, que aunque estemos encargados de su desarrollo ellos gozan de una individualidad, que al ser respetada, se les transmite que se les ama incondicionalmente, tal como lo dice Thomás Gordon en el "lenguaje de la aceptación", los padres pueden hacerle saber a sus hijos que se les acepta tal y como son, y ellos cuando experimentan que se les ama como son, se impulsan a ser mejores, es cómo si esto fuera un abono para una tierra fértil, el sentirse aceptados es una motivación que los lleva a crecer y desarrollarse como seres independientes y seguros de sí mismos, en ocasiones el temor de que no se desenvuelvan adecuadamente hace que la educación este basada en lo que no se quiere que se haga, pero esto trae consecuencias justamente negativas, pues el temor lleva a que se relacionen con mucha fricción, discusiones y conflictos que en vez de acercarlos los alejan y este alejamiento impide que se fortalezcan las relaciones, el resentimiento, el enojo, el miedo y la tristeza, bloquean el amor; haciendo que se cree un caparazón que obstaculiza la posibilidad de que se conozca la realidad más profunda: ambas partes (padres e hijos) se aman pero no saben como transmitirlo, y ese "amor atorado" queda confinado, lo que lleva a que posteriormente los hijos se enfrenten a las situaciones con miedo, ansiedad, enojo o con anhelo de poder, deteriorando de esta forma sus relaciones interpersonales e incapacitando su potencial de crecimiento.

Amar es un antídoto, una fuerza, una motivación, sentir que los otros son diferentes pero con igual valor que uno, hace que los hijos se sientan valiosos y respetables. Sentir amor fortalece, la vida se siente en su máxima plenitud y cada cosa que pasa por más desagradable que se sienta, se verá como una oportunidad para crecer y valorar; finalmente el amor implica crecimiento, un crecimiento que es único, personal y que integra lo espiritual, saber que cuentas con los otros brinda esperanza y confianza de que las cosas suceden por algún motivo especial y que seguramente una vez que pase el dolor el amor que surja de la situación será proporcional al dolor vivido.

Como padres debemos mirar a los hijos y decirnos " te amo como ser único que eres" y comprendo tu individualidad y confío en tus fuerzas, es difícil llevarlo a la práctica pero gracias a la vida, las oportunidades siempre están para mejorar, nunca es tarde para amar.

Ahora como hija le pregunté a mi madre sobre su amor y lo que hizo en su proceso de educación y me contestó: "Amar es tan difícil cuando uno no conoce del amor de Dios, cuando existe una sanación interior eres capaz de dar todo lo que sientes que Dios te dió, lo nuevo te da libertad para amar,  al no anidar sentimientos negativos en el corazón, crecerás de manera integral.”

Respentando las creencias individuales y religiosas, consideré que para cerrar mi artículo debía distanciarme por un momento de lo psicológico y retomar a quien me hizo ser lo que soy, pienso que finalmente ninguna teoría será totalmente valiosa sino le damos el matiz que la fortalece, el amor que nos mueve y nos impulsa.

   
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Dra. Analissa A. de Joyce
Psicóloga Clínica
Terapeuta Individual, Familiar y de Pareja
analissa@cwpanama.net


La formación de la pareja representa una de las transiciones más complejas y difíciles del ciclo de vida de la familia, pues en toda relación de pareja, cada uno de los miembros, trae su propia historia de vida, relacionada a sus respectivas relaciones con sus padres y a su proceso de individualización como persona. 

El matrimonio encierra un sin número de deberes y normas, y una de ellas es la exclusividad de su pareja.  La infidelidad entonces, desintegra los valores que se merece la pareja y conlleva consigo estragos y dificultades difíciles de superar para una pareja. 

La infidelidad se refiere a cualquier situación con una tercera persona que amenace el equilibrio existente entre una pareja.

Desde hace millones de años, la infidelidad existe y al pasar del tiempo, se percibe lo devastador y perturbador que puede ser para una familia.  Si bien es cierto en nuestros días, la población no mata a pedradas a quien se le acusa de infiel; nuestro Código de la Familia pena la misma y es un componente a tomar en cuenta en un proceso de divorcio.

La infidelidad se castiga, se recrimina, se reconoce como negativa, se vincula a hijos emocionalmente afectados, a parejas deprimidas, a rupturas de matrimonios, a peleas, llanto, desconsolación, rabia, etc.; pero nada de esto ha ayudado, a que la infidelidad disminuya, sino que por el contrario, que vaya en aumento.

La infidelidad en muchas ocasiones es el factor que trae a las parejas a terapia.  La infidelidad es el problema que normalmente ocasiona una crisis y desestabilidad en una relación, pero lo que hay que preguntarse realmente es que causo la infidelidad?.  La infidelidad es lo superficial, lo que se ve a simple vista, pero en las raíces de la relación siempre hay problemas más profundos, que a consecuencia de ellos, crean entonces la “Infidelidad”. 

La infidelidad de uno de los cónyuges puede destruir una relación de pareja, ya que los sentimientos que se producen a consecuencia de la misma son muy fuertes, se dan fuertes daños psicológicos y emocionales.

Es importante reconocer las razones o causales que en estos momentos, puedan estar llevando a que ciertas parejas se involucren en una infidelidad, lo que los lleva en algunos casos a destruir su matrimonio.

Cualquiera que sea la razón que existe detrás, la infidelidad afectara la relación primaria sea descubierto o no a causa de la vida secreta y separada de la pareja que está manteniendo la aventura.  La infidelidad los cambia a ambos y por tanto cambia la relación. 

Entre las tensiones graves que disocian a las familias, la más común es la infidelidad (Humphrey, 1983).

La infidelidad se relaciona a un patrón de comportamiento heredado, frecuentemente la infidelidad tiene de fondo una historia de vida, en donde el infiel trata desesperadamente de satisfacer necesidades emocionales, que no fueron cumplidas en su niñez.   Las mismas pueden estar relacionadas al haber vivido la infidelidad de uno de sus padres, al haber experimentado la muerte de uno de sus progenitores, el divorcio o cualquier otro acontecimiento que hayan dejado en el niño, un sentimiento profundo de abandono o traición. 

Una infidelidad es el resultado de las experiencias tempranas de los cónyuges con situaciones devastadoras, decepcionantes y que dejaron una huella significativa en sus vidas. 

“Las personas que no sienten alguna clase de dolor no son infieles”. (Bonnie Eaker)

Estuve atendiendo una pareja, la cual asistió a buscar ayuda por aparentes dificultades de conducta con su hija de 12 años.  Al evaluar a la familia se pudo encontrar que el problema real de la familia, radicaba en las infidelidades del esposo, lo cual hasta ese momento, aparentemente no era un conflicto.

En el seguimiento con la familia, se esclareció el dolor que ha padecido por años la esposa, por las infidelidades constantes de su marido y cómo las mismas son la causante de los problemas actuales a nivel familiar.

La infidelidad del otro produce profundas perturbaciones psicológicas, difíciles de superar: sentimientos de rechazo y abandono, frustración, angustia, temor a la pérdida de la persona amada, depresión unida a la pérdida de la confianza, esencial para la armonía afectiva y sexual de la pareja.

Es común decir que si su pareja tiene un amorío significara el fin.  Sin embargo, en la práctica, la mayoría de las personas permanecen unidas después de descubrir una infidelidad.

Hoy día es muy frecuente que las parejas asistan al psicólogo, por problemas relacionados a la infidelidad, los cuales típicamente llegan a la consulta en la plena crisis de haberse descubierto la misma.  La víctima esta totalmente devastada, muy enojada, triste, decepcionada, son muchos sentimientos fuertes los que experimenta al haberse enterado de la noticia, mientras que el infiel esta asustado, intranquilo y en muchas ocasiones culpando a la víctima por su infidelidad.

En los casos de infidelidad, se trata de educar a la víctima y al infiel sobre las reacciones que se producen al descubrir una infidelidad.  Pues se ha encontrado que muchas parejas se encuentran más tranquilas al entender lo que está sucediendo en ellos y esto ayuda entonces a empezar a restaurar la relación y comunicación en la pareja.

Sin embargo, hay un sentido en el cual la relación termina aunque permanezcan felizmente juntos.  La antigua relación terminó para siempre.  Si permanecen juntos se están involucrando en una relación que debe modificarse tanto que será como una nueva.

La infidelidad los cambia a ambos y por tanto cambia la relación.  Como consecuencia de ello en la terapia se trabaja la infidelidad como una pérdida: La antigua relación ha muerto y hay que velarla.  Para que la nueva relación sea saludable, ambos deben reconocerlo y, por tanto, pasar por las etapas de dolor que acompañan la pérdida.

   
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